Matar el padre: de Macri a Perón
¿Escuchaste la expresión “matar al padre”?
Creada por Freud, es una metáfora para el proceso psicológico y evolutivo en el que un individuo se libera de la autoridad y las referencias de sus progenitores para alcanzar la autonomía adulta. Entiéndase: es una expresión contextual de la psicología, no un hecho fáctico. Aunque a veces ese padre/madre autoritario y déspota merezca un ajusticiamiento, o mejor dicho, un ponerle los puntos, los límites y que entiendan que la época de “imponer orden” ha terminado. Es que una cosa es respetar la autoridad en el tiempo de formación, y otra es seguir sometido al yugo de quien ordena por el simple rol de creador. Ni Dios ni el hombre. Dios no somete ni ordena: deja hacer desde su infinita misericordia. Quizás la religión le puso “culpa” a la desobediencia pero hay que separar la paja del trigo. Lo mismo con la psicología, y más con la psicología de masas: al líder, al caudillo, ¡obediencia y devoción! Lo intentó Rosas y terminó exiliado en -¿la odiada?- Inglaterra. Lo intentó Perón, y terminó primero en Paraguay, después en Panamá y por gratitud española con el pueblo argentino, refugiado en Puerta de Hierro en Madrid. Parece que si los “hijos no matan a su padres”, los padres terminan devorándoselos.
El disparador de esta editorial fue el libro y el periplo de promoción y de confesión profunda que hizo Mauricio Macri para presentar: “Franco, la vida de mi padre”. Le costó 66 años a Mauricio matar a su padre, y lo hace en cada página de su libro, pero mucho más en cada entrevista donde expresa sin ningún reparo político ni de postureo, la miserable vida que tuvo junto a su padre. Y la cuenta como una anécdota que tiene un final feliz porque supuestamente “todo eso lo empujó a una presión de superación”, pero deja el “grano de pimienta que pica en la boca” de todos para que no podamos digerir, que su padre no fue un buen padre, o el que él hubiera querido tener. Tardó 66 años Mauricio: ser directivo de la empresa familiar, lograr la presidencia de Boca Junior, formar un partido político, lograr primero el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por dos periodos y luego la presidencia de la Nación, para recién, poder matar a su padre. Ahora, apenas ahora, cuando hasta en su fisonomía se parece cada día más a Franco. Que liberador debe ser para él y para su familia: ese gen endemoniado de Franco Macri acaba de desaparecer. O está en el proceso final: Mauricio ya es él sin tener ni querer, conformar a su padre.
¿Qué le pasará al peronismo, cuyo líder no tuvo hijos sanguíneos pero se encargó de someter a varias generaciones a una tutela desigual, con el argumento de lograr un intangible como lo es la “justicia social” que suena esperanzadora pero es el principio de una disputa de clases?
Quizás los jóvenes están logrando “matar al abuelo”: ese que decía que Perón les había dado algo que hoy no existe. Matar al padre tal vez les sea más complicado porque lo han visto sufriendo por segur una consigna que tampoco les dio nada. No todos lograron romper la estructura de transferencia del fracaso, como hicieron algunos hijos de inmigrantes cuando decidieron salir del conventillo y volverse profesionales, artistas, militares, docentes, enfermeros, policías, periodistas, oficinistas, ingenieros, diseñadores. Como lo hicieron también algunos hijos de peones de campo, y después de andar leguas para ir a la escuela y luego a la universidad, lograron volver al pueblo con el título de veterinarios, ingenieros agrónomos, o médicos.
Cuando la cultura woke logró introducir que “la vida es para vivirla sin ataduras”, lo que se traduce en “sin responsabilidades”, se buscó la destrucción de la estructura familiar para contener el crecimiento poblacional mundial, aunque la condición de “matar al padre” sigue vigente (entiéndase padre/madre: ser que ejerce la autoridad) está vivo en aquellos jóvenes que prefieren el desafío, la batalla y la rebeldía, a entregarse a la banalidad de mantenerse en el nido bajo el cobijo y mecenazgo paternal.
Como padres, sufriremos esos desafíos, pero como ciudadanos debemos festejar estas iniciativas que rompen el molde que intentó la cultura y la política meter en la cabeza de nuestros hijos. Como hijos, debemos entender que nuestros padres tampoco lo entiendan.
Un día, estos jóvenes lograrán ser presidentes, como lo fue Macri, como lo es Milei, despojados de los viejos paradigmas de sus padres, pero apalancados en una rebeldía selectiva: capaz de liberarse de los defectos, pero adueñándose de las virtudes de una generación que, como toda generación, aportó desde el sacrificio, más aciertos que fracasos.
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