Las muertes del poder

Hace 35 años empezábamos a llorar a María Soledad Morales desde Catamarca. En febrero del 2006 desde Tucumán, llegaba la trágica noticia de Paulina Lebbos. En el 2011 nos estremecíamos con Candela Sol Rodríguez en Hurlingham, conurbano bonaerense. En junio del 2023 desaparece  Cecilia Strzyzowski en Chaco y es encontrada comida por los cerdos propiedad de sus asesinos. Ya casi terminando septiembre del 2025, son secuestradas, torturadas y asesinadas Brenda del Castillo, Morena Verri y Lara Gutiérrez, en Florencio Varela, ellas oriundas de La Matanza, conurbano bonaerense.

En todos estos casos, se conjugan el poder político, la rama corrupta de las fuerzas de seguridad, la justicia ineficiente o manipulada, la droga y la marginalidad. 

Ninguno de estos casos fueron homicidios comunes, y mucho menos femicidios: fueron muertes del poder. Del poder real que puede ser el político, pero también el que controla las calles. En todos los casos, la justicia queda expuesta y responsable de desenmascarar una trama de miles de aristas que se cruzan, o quizás a la que también pertenece. En la policía se manchará el uniforme de algún integrante por ser parte, por no saber, o por callar. Dejará a la luz lo miserable de los medios de comunicación, que jugarán sus peores armas para lograr protagonismo, espectacularidad, primicia, o aumentar su cuota de pauta usando políticamente la información. Estos casos dejan ver todo, pero difícilmente a los verdaderos responsables. Tal vez porque no es solo uno, sino el conjunto de estas piezas. 

Y para terminar de saborear el dolor, aparece el discurso de las feministas que acusan a todos, pero sobre todo a quienes les conviene, al grito de “estado ausente”, “nos quieren matar a todas” y “femicidio”.  El oportunismo barato duerme los otros días del año y solo sale cuando el caso es de una famosa, de una de su grupo, o que tenga tanta visibilidad como para ellas colarse. 

Duelen las muertes de todos, las de todos los días, las de niños y ancianos, la de hombre y mujeres, la de trabajadores y uniformados. A la gente de bien nos duele la inseguridad y la marginalidad, y que el poder político no lo resuelva y los ciudadanos estemos indefensos. Duele el dolor ajeno. Duele sin importar de que partido político sea la víctima o de que  intendente, gobernador o presidente. Pero duele más si mañana ese intendente, ese gobernador o ese presidente no hacen más que usar estas muertes para hacer política en vez de crear los cambios profundos. 

Y sí: esta vez todo pasó en el  conurbano, donde pasan la mayoría de las cosas. Donde siempre florece la duda sobre la complicidad del poder político en cada hecho delictivo. Y eso, eso también duele. 




Mariano Iglesias

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